Los grandes líderes raras veces son realistas
Anthony Robbins dice en su libro Despertando el gigante interior:
La gente desarrolla con frecuencia creencias limitadoras acerca de quiénes son y de qué son capaces. Como no han alcanzado éxito en el pasado, creen que no lo podrán alcanzar en el futuro. Como resultado, y a partir de su temor al dolor, empiezan a enfocar constantemente la atención en ser «realistas». La mayoría de quienes dicen una y otra vez «Seamos realistas» está viviendo en realidad en el temor, mortalmente asustada ante la posibilidad de verse defraudada de nuevo. A partir de ese temor, desarrollan creencias que les hacen vacilar, no están dispuestos a entregado todo y, en consecuencia, obtienen resultados limitados.
Los grandes líderes raras veces son «realistas». Son inteligentes y precisos, pero no realistas según el criterio de los demás. Porque, lo que es realista para una persona, puede ser totalmente diferente de lo que es realista para otra, basado en sus referencias. Gandhi creía poder alcanzar la independencia de la, India sin oponerse de forma violenta a Gran Bretaña, algo que jamás se había hecho hasta entonces. No estaba siendo realista pero, desde luego, demostró ser exacto. Por eso mismo, tampoco fue nada realista que un hombre creyera poder ofrecer al mundo felicidad construyendo un parque de atracciones en medio de un naranjal, y cobrando a la gente no sólo por subir en las atracciones, sino incluso por entrar en el recinto. Y, sin embargo, Walt Disney poseía un sentido de la certidumbre como pocas personas, y fue ese optimismo suyo el que transformó sus circunstancias.
Si tiene que cometer algún error en la vida, equivóquese por el lado de la sobrestimación de sus capacidades (siempre y cuando eso no ponga en peligro su vida, claro está). Y a propósito, eso es algo difícil de hacer, ya que la capacidad humana es tan grande como no nos atreveríamos a soñar la mayoría de nosotros. Se han dedicado numerosos estudios a analizar las diferencias entre las personas deprimidas y las que son extremadamente optimistas. Después de intentar aprender una nueva habilidad, las pesimistas siempre son más precisas a la hora de explicar cómo lo hicieron, mientras que las optimistas ven su comportamiento como más efectivo de lo que fue en realidad. No obstante, en esta evaluación irreal de su propia actuación radica el secreto de su futuro éxito. Invariablemente, los optimistas terminan por dominar la habilidad, mientras que los pesimistas fracasan. ¿Por qué?
Los optimistas son aquellos que, a pesar de no disponer de referencias para el éxito, o incluso de tener referencias de fracaso, se las arreglan para ignorarlas, y dejan sin montar mesas cognitivas como «fracasé» o «no puedo tener éxito». Los optimistas, por el contrario, producen referencias de fe, acumulan todo su poder de imaginación para representarse a sí mismos haciendo algo diferente cada vez y teniendo éxito. Es precisamente esa habilidad especial, ese enfoque único, lo que les permite persistir hasta que terminan por obtener las distinciones que los llevan hasta la cima. La razón por la que el éxito elude a la mayoría de la gente es porque no tiene suficientes referencias de éxito en el pasado. Pero un optimista funciona con creencias como: «El pasado nunca equivale al futuro». Todos los grandes líderes, todas las personas que han alcanzado el éxito en cualquier ámbito de la vida, conocen bien el poder de perseguir de forma continuada sus visiones, aunque no dispongan todavía de todos los detalles acerca de cómo alcanzarlas.


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